¿DE QUÉ VA TODO ESTO?

Tras años mandando batallas a mis familiares y/o amigos, tras miles de intentos por mi parte de tener un sitio donde compartir mi humor corrosivo y ácido sin obtener frutos, tras rogar, pedir por las buenas, pedir por las malas, llorar y hacer todo lo que se me ha ocurrido... por fin he conseguido tener un blog! Preparaos...

MONTAR EN BICICLETA


Este verano, de vacaciones en la playa, decidimos enseñar a montar en bicicleta a Jaime (4 añitos). 
Primero lo intentamos por las buenas, pues con esa edad nos parecía que le iba a resultar muy fácil retirar los ruedines, como nos sucedió con el hermano tres años antes. 
El abuelo se lo llevó a una recta perfectamente asfaltada, muy poco transitada y llanita cercana a nuestra casa y procedió a transmitirle las reglas básicas del manejo de las bicicletas. "Jaime, a ver, aprender a montar en bicicleta es muy sencillo. Tienes que caerte diez veces, y listo. Entonces, y sólo entonces, sabrás montar en bici". El oráculo del abuelo que tan bien funcionó siempre...
Pero es que Jaime es el segundo, así que muy lejos de reaccionar como su hermano, que el pobre se dio siete castañazos y aún dice que como le faltan tres no sabe montar bien del todo, dijo con toda su infantil razón: "Mamá, ez que no quiero que me quitez loz ruedinez, no me quiero caer. Zi yo monto mu bien azí y zoy muy drápido!". Y es tal la clarividencia de lo que siente al respecto, que no le haces montar en una bicicleta sin ruedines ni por todos los Lacasitos del planeta. Impresionante su determinación (cabezonería).

Así las cosas, no le quitamos las ruedecitas, claro, porque no había quien le convenciera de que pegarse un porrazo servía para aprender a montar mejor. 
El problema es que una bici con ruedines es lo más lento, acústicamente molesto e incómodo que te puedes encontrar entre los medios de locomoción humanamente impulsados. Os imagináis a Indurain subiendo la Etapa Reina con ruedines?!? No??? Pues yo tampoco, pero Jaime, por lo que se ve, si.
Una buena tarde, mi padre decidió salir de excursión con los tres nietos mayores en bici a una granja cercana. El pobre Jaime debía montar en el transportín posterior de la bici del abuelo, y ya con 22 kilogramitos el asunto es un poco más complicado de lo que pueda parecer a priori, aunque mi padre es muy sufrido y hay que reconocerle el mérito, pues le ha costado una operación de menisco en Septiembre. El caso es que Jaime, empeñado en estar a la altura de los otros tres, no quería ser llevado en una sillita "de bebéz", quería llevar su bici con ruedines. Entonces mi padre dijo las palabras mágicas: "Jaime, eso es imposible. No puedes hacerlo". Qué narices tienen estas palabras que así pronunciadas me hacen empecinarme más en lo que sea!? Así que mi diablito cabezón me susurró al oído: "Cuerda, Leticia. Coges una cuerda y le remolcas. Va a tu paso, y tú al del resto. Sencillo".
No sé si lo habéis intentado en alguna ocasión, pero no lo hagáis. Ahorraos la ignominia...
Mientras todos se preparaban para la marcha, yo busqué por todos los cajones una cuerda, y al no encontrarla cogí unas tijeras, me fui al tendal de arriba, y conseguí la cuerda. (Mamá, si lees esto, si, fui yo... pero por una causa justa).
Bajé, até la bici de Jaime por debajo del manillar y me fui a sujetarle a la mía. Primer problema, dónde atar el extremo. A la rueda no se puede, obviamente. Las bicis de hoy en día no tienen asiento ni hierros en la parte de atrás, así que no hay donde atar nada que no tropiece con la rueda.
Mi padre, que me vio toda decidida y me conoce, empezó a renegar con la cabeza (tales eran sus movimientos) y se nos largó a esperar que les cogiésemos más adelante... o lo que fuera, porque eso que estaba yo haciendo era una burrada, como siempre, y tratar de convencerme en esos casos no suele ser factible. Me salió el humo por la nariz, así que le dije a Jaime que se montase, me até la cuerda a la cintura, y me subí en mi bicicleta... Jaime salió entonces corriendo, como un loco, gritando: "Mamá, el cazco! No ze puede montar zin cazco!" Bájate, desátate, ve a buscar el casco, vuélvete a atar, y arriba!
En fin, que ya preparados... sale Jaime todo impetuoso antes que yo… y se enreda la cuerda con su rueda delantera!
Bájate, desátate, desenróscalo todo, y explícale a Jaime que no se puede echar a andar hasta que yo le arrastre, porque se lía todo. 
Al segundo intento nos ponemos en marcha con una sincronización casi perfecta...
Todo parecía muy fácil, después de ese primer tirón, por lo que nos fuimos animando metro tras metro, ante las miradas escépticas de los distintos lugareños...
El invento funcionaba bastante bien, pero en rectas, claro, si tomas una curva cerrada hay que estar muy hábil para que no se destense y enrede el hilo con rueda de la bici de detrás.
De pronto me acordé de que teníamos que correr para coger a mi padre y los otros tres niños, así que apreté el paso y… Jaime, detrás, que iba tan contento, empezó a refunfuñar un poco. Vi a mi padre a lo lejos, por lo que apreté el paso, ya que era yo la que remolcaba y él sólo tenía que dejarse guiar.
Los niños, a veces, pueden resultar muy tercos, y Jaime a esas alturas comenzaba a sospechar ya que la cosa no era tan chula como parecía, por lo que decidió frenar en seco y echar los pies al suelo. Casi me mato. Probad a soltar la bici en marcha para bajaros cuando casi no llegas al suelo y tienes la maldita barra esa en el centro, entre las piernas… Suspiro.
Negociaciones, negaciones, amenazas… y otra vez en marcha.
Entonces, tras un arranque un poco aparatoso de nuevo cogimos ritmo. Miré hacia abajo, Jaime iba diciendo algo, y cuando levanto la vista veo a mi padre con las manos en la cabeza y gritándome algo. Me doy la vuelta y veo la bicicleta de Jaime de medio lado tirada, a Jaime agarrado al manillar y yo arrastrando todo el conjunto. No se hizo daño pero si que se mosqueó un poco.
Me costó convencerle de que se volviese a subir, pero como ya casi habíamos cogido al resto, lo conseguí. Al llegar a la altura de mi padre, me dice: “Qué, funciona?” Con ese tonito que tanto cabrea… “Perfectamente! Ves como si podía venir con los ruedines?”
Así, con muchas penurias, conseguimos llegar hasta la granja.
A la hora de volver, salimos todos a la par, convencida yo de que ya no podía ser mucho más difícil que lo recorrido hasta entonces.
Los mayores, cansados ya de tanta bici y nuestra lentitud, echaron a correr con mi padre detrás, por lo que una vez más, nos tocó perseguirles.
Entonces, damos una curva, y como no íbamos muy despacio, la bicicleta de Jaime se ladea, se eleva sobre el ruedín externo… y se vuelca. Otro “podrazo”!
Jaime ya desesperado, se baja, indignado, y me dice: “Mamá, pdefiedo ir con el abuelo! Eza cuerda ez una podquedría!”
Y allí me quedé yo, tirada con la cuerda y la bici, sin saber si dejarla abandonada o qué ni cómo llevar al niño, que ya no quería subir en bicicleta nunca más.
Entonces apareció mi vena malabarista. Yo puedo, me dije. Crucé la bici sobre la barra del medio entre las piernas, ligeramente apoyada en mis muslos y sujetándola con el dedo gordo mientras con los otros cuatro agarraba el volante. Subí a Jaime al manillar, tal y como había visto en las películas. No sé cómo accedió a aquello, francamente pero es una pena que no conservemos una foto de la cara que puso mi señor padre cuando se dio la vuelta y nos vio aproximarnos de esta manera…
Como conclusión diré que ya se quitará los ruedines cuando le dé la gana, y ni un minuto más!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por si me quieres poner a parir o decirme que te ha encantado, whatever, nunca se sabe.